La vida nos enfrenta una y otra vez a la verdad incuestionable de que realmente nunca nada de lo que sucede está bajo nuestro control. Esta constatación nos llega tarde o temprano, no hace falta buscarla y una vez que se tiene, nada ni nadie puede cambiarla. Es un conocimiento universal y atemporal, aunque se haya expuesto de muy diversas maneras y no es algo limitado tan sólo a algunas mentes privilegiadas. Este simple conocimiento tan compartido, este casi lugar común de tantas sabidurías populares, filosofías y religiones es, en sí mismo, el espejo constante de nuestra verdadera naturaleza y para el que se ve atraído a profundizar en ello, lleva implícitas otras profundas intuiciones sobre la esencia que somos.
No somos entidades independientes que tienen vida, somos vida. Esta vida que, como un río, va creando e iluminando los acontecimientos es absolutamente insondable e impersonal. Siempre va como por delante de nosotros, como arrastrándonos, siempre sorprendiéndonos…por eso se dice que, más que vivir, somos vividos…porque nosotros, surgimos siempre un poco después de la vida, tejiendo el mundo y "nuestras" vidas con el pensamiento. Para nosotros como pensamiento, esta corriente de vida, esta esencia o pura consciencia, sólo puede ser un vacío o una niebla. No podemos abarcarla y si intentamos entrar en ella o pensarla, desaparecemos. Esta niebla, sin embargo, está creando el mundo instante tras instante, siempre ahora, siempre nuevo, siempre anterior al pensamiento y nosotros estamos siempre dentro de ese despliegue…
Pero, en realidad ¿somos esas entidades hechas de cuerpo y pensamiento que meramente reaccionan y se abruman una y otra vez a remolque de la vida?... En ese instante tras instante de creación anterior al pensamiento, en esa vacuidad impersonal que despliega la existencia ¿no estamos ya nosotros presentes y conscientes ahí, en su mismo centro, de alguna manera? ¿No somos y sabemos que somos ya antes de recurrir al pensamiento? ¿No somos en realidad sólo ese constante conocer, esa viva vacuidad, esa constante presencia consciente que ha permanecido presente e inmutable a lo largo de toda nuestra existencia, hasta donde podemos recordar? ¿No es esta la forma como esa corriente de vida, esta Esencia, se manifiesta primordial y básicamente siendo yo mismo? Y si es así, esa certeza de ser y saber que se es, esa luz siempre presente que ilumina y conoce el mundo, lo que verdaderamente somos… ¿no es simplemente esta totalidad, esta esencia o pura consciencia de la que estamos hablando?

Este conocimiento directo de lo que somos, no es adecuado tal vez para una gran cantidad de personas, aunque estén inmersos en la búsqueda de estas mismas verdades. Algunos sólo ven desnudos conceptos (que la mayoría de las veces asustan o resultan falsamente ya “conocidos”…), donde otros encuentran la mayor resonancia y estímulo.
Afortunadamente existen múltiples e imprevisibles caminos hacia nuestra verdadera naturaleza para los que son obstinados en esta tarea, aunque en última instancia, más tarde o más temprano, si los recorremos hasta su agotamiento , somos enfrentados necesariamente, a esta desilusión final, a esta única e inexpresable certeza.